Joshua Bell es uno de los violinistas más famosos a nivel mundial. En un concierto en la ciudad de Boston tuvo lleno total y el boleto más barato era de $100.00. Al terminar cada pieza musical la ovación del público era extraordinaria en reconocimiento de la maestría en la ejecución del violín de Bell.

Su violín era un Stradivarius con un costo de $3.5 millones. Solo los virtuosos consagrados tiene un Stradivarius. Se de un puertorriqueño que tuvo un Stradivarius, este fue José “Pepito” Figueroa Sanabria, quizás el mejor violinista que ha tenido Puerto Rico. En el 1945 pudo comprar el preciado instrumento musical por donaciones que recibió del pueblo que le permitió reunir $10,000. Hoy un Stradivarius vale millones de dólares.

Joshua Bell, dos días después de su concierto en Boston, el cual no solo fue un éxito completo y sí que también fue ampliamente reseñado en la prensa, decido ir a la estación del tren de incógnito. Allí ejecutó con gran maestría piezas musicales de Bach, nadie se detuvo a mirar o admirar al gran maestro del violín. No hubo aplausos a pesar de que miles de personas pasaron por su lado mientras el tocaba el violín. Esto lo hizo por aproximadamente una hora, algunos le dejaron dinero que al final sumó $27.00. ¿Cómo ello fue posible?, es difícil de explicar, era el mismo intérprete, la misma música y el mismo instrumento.

Me pregunto, ¿los que fueron al concierto lo aplaudieron porque sabían que era Bell? y los de la estación del tren, ¿no lo aplaudieron porque no sabían que era Bell?.

Un pastor evangélico un día preguntó, ¿Si Jesús llegará hoy y en la plaza pública predicara un sermón lo reconoceríamos o seguiríamos de largo haciendo nuestra ajetreada vida?

Esta si es la pregunta. Te invito a que con honradez la conteste.

Escrito por La Palabra